Recuerdo la sensación de felicidad, la libertad absoluta, mi pequeño reino de fin de semana entre silos de pienso, bañeras oxidadas, guantes de plástico y macrojeringuillas. En mi colección de momentos hay bastantes de aquellos días, como espero que los haya de éstos de aquí a unos años -mi mente selecciona tomando distancia y como le viene en gana-.Recuerdo una tarde soleada. El calor se había filtrado en la montaña de flores de algodón -ingrediente de la dieta bovina- y, tal como había hecho muchas veces antes, subí a lo alto del montón hundiéndome hasta la rodilla. Me tumbé arriba y me cubrí de algodón dejando al descubierto sólo un pequeño círculo para la cara. Era prácticamente invisible. El sol en los ojos y ese calor tan agradable invadiendo poco a poco mi cuerpo me empujaron al sueño. No sé cuánto duró la siesta pero el despertar fue más brusco. Me incorporé sobresaltada levantando una tupida nube de polvo blanco que me impidió por unos momentos respirar pero no ver la máquina frente a mí y la cara de susto del que estaba en la cabina. La pala, enorme, estaba por encima de mi cabeza, preparada para bajar y llenarse de algodón. Bajé atropelladamente del montón. Perdí una bota –llevaba unas de goma verde, de mi padre, seis o siete números por encima de mi treinta y cuatro o treinta y cinco de entonces- la recuperé y llegué al suelo. El pobre hombre se llevó un buen susto y me echó una pequeña bronca, pequeña para lo que podía haber pasado si no me llego a despertar. Si la pala me hubiese golpeado, me habría hecho pepitoria y si me hubiese pescado, él no me habría visto ni oído, por el ruido del motor, y yo hubiese caído, entre flores de algodón, al carro de mezclar la comida de las vacas, con sus cuchillas dando vueltas y vueltas… Acabó diciéndome entre risas “¡Tira con tu padre que no te quiero ver más por aquí!”. Yo, muda, salí pitando y oí que mascullaba aún riéndose “Joder, con la enana de los cojones…”.