Le agobia la inmensidad. Mar al norte, al sur, al este y al oeste pero sin saber cuál es cual. Las olas juegan a su antojo con el barco. Él se concentra en el horizonte y en la rítmica canción del mar y del casco, que responde a cada embestida con un lamento mal engrasado. Y no puede dominarlo. Su cerebro hace agua. Siente como si encogiese y se balancease a sus anchas, en sentido inverso a la marea que golpea fuerte sus sienes. Se le llena la boca de saliva. Por un momento se deleita, calma su sed. Luego intenta pararlo. Respira hondo, cierra los ojos e intenta auyentar ese sabor metálico. Pero no puede. Segundos después ve como una ola engulle su última comida. No sabe cuándo llegará la siguiente y piensa, en una lengua que a su alrededor entienden pocos, "esto sólo puede ir a peor".
(sigo, triste y sin respuestas, el viaje de los que subieron y bajaron -por fin bajaron- del 'Marine I' y la inevitable batalla diplomática que se ha desatado)
(sigo, triste y sin respuestas, el viaje de los que subieron y bajaron -por fin bajaron- del 'Marine I' y la inevitable batalla diplomática que se ha desatado)