23.9.08

Fundido a negro


El silencio de la sala y los nervios te impiden oir cualquier otra cosa que no sea tu respiración. Hace mucho que no ejerces y, en un primer momento, la sensación te recuerda a la primera vez. Todo era nuevo y excitante. Intentas revivirlo. Sientes la adrenalina saliendo disparada por tus poros y te sudan las manos. Pero enseguida notas que éstas repiten caminos muchas veces recorridos y, mal que te pese, tus movimientos se automatizan. La rutina invade el caos. No. La rutina acaba con tus ansias de aventura.

Misma mierda, distinto día.

Pero cómo te gustas. Tal es tu dominio que te permites proyectar un ego observador que por encima de tu hombro te dice 'Qué bueno eres, cabrón'. Y ya que no puedes disfrutar de la novedad, saboreas la sensación de control. Enlazas cada movimiento con el siguiente haciendo que tus acciones parezcan una única llena de armonía que bien podría compararse, piensas, con una coreografía de la naturaleza. Siempre has pensado que la danza es el mejor ejemplo como intento del hombre por alcanzar la belleza de lo natural, por imitar lo efímero y sublime de la vida salvaje. Pero mientras el bailarín busca y logra esa fusión de movimientos gracias a una disciplina férrea, autoimpuesta y dolorosa, la naturaleza no tiene pretensión ninguna de alcanzar esa belleza cinética. Lo hace por ensayo-error y la logra sólo cuando es eficiente. Luego llega el hombre, dice 'Esto es bello' y, en su empeño por combatir su naturaleza torpe y destructiva, se machaca hasta conseguir una burda imitación cuya única eficiencia es el deleite estético. Amén.