7.9.06

En la palestra

Dos personajes compartieron titulares en los informativos de anoche. Por un lado, Arnaldo Otegi habla de situación de bloqueo en el proceso hacia la paz. Dice que se ha errado en el diagnóstico y que ya es hora de pasar de las conversaciones a un preacuerdo. ¿Conversaciones?, ¿qué conversaciones? ¿Se refiere a esas tan prolíficas que mantuvo él con Patxi López?, ¿o se refiere a otras?
De otro lado llegan las palabras de nuestro presidente. Concretamente de Alemania porque Zapatero ha elegido un semanario germano, no un medio español ni la Moncloa, para lanzar la primicia: “contactos exploratorios” con ETA tendrán lugar en las próximas semanas. Bueno, dijo septiembre, ¿no? Está cumpliendo su calendario.
Voy a echar la vista un poco atrás. Fue el 22 de marzo de cuando la organización terrorista hizo público un comunicado en el que anuncia un «alto el fuego permanente», efectivo a partir de las 00.00 horas del día 24, con el objetivo de «impulsar un proceso democrático en Euskal Herria». «La superación del conflicto, aquí y ahora, es posible», afirma la banda. Precisamente el término de «alto el fuego» utilizado en esta ocasión por ETA, es el que empleó el IRA cuando en 1994 dio el paso que contribuyó a iniciar el proceso de paz en Irlanda del Norte.
El anuncio fue recibido, tanto por el Gobierno como por los distintos partidos políticos, con esperanza y prudencia. En mayo de 2005, el Congreso de los Diputados —con la única oposición del PP— había autorizado al Gobierno para emprender un diálogo con la banda siempre que ésta abandonara la violencia. Esto ocurría tras casi tres años sin víctimas mortales, aunque los terroristas no habían llegado a abandonar su actividad (en los meses previos al comunicado, la organización estuvo especialmente activa con la colocación de artefactos explosivos de pequeña potencia). «Éste es el mejor momento en muchos años para empezar a ver el inicio del principio del fin de la violencia», anunciaba el presidente Zapatero en febrero de 2006.
Pero ¿por qué ETA anunció su “alto el fuego” en ese momento? Hay voces que apuntan a la polémica reforma del Estatuto Catalán, largo serial del que fuimos testigos durante más de un año, como punto de inflexión en el panorama político español y como muestra de que, para bien o para mal, todo es posible sin tener que pegar tiros. Según esta idea, ETA no habría permanecido impasible y de ahí su replanteamiento del camino hacia la autodeterminación. Todo ésto, claro, sumado a la situación de debilidad de la banda.
¿Cómo de permanente será este alto el fuego, si no se le da a ETA lo que pide? Es una pregunta que desde marzo se deben estar haciendo los miles de amenazados que no sólo tienen que vivir con medidas de protección individual sino que hace 8 años se creyeron que la tregua del 98 era definitiva.
La respuesta de los españoles al comunicado del pasado marzo fue, en gran parte, el escepticismo, lo cual no es extraño si repasamos el historial de ETA.
Se plantean ahora una serie de cuestiones acerca no tanto de las intenciones sino de las consecuencias que este alto el fuego puede traer.
Están los grupos de jóvenes violentos que poco tienen que decir en las decisiones de la cúpula de ETA, pero que han venido sirviendo de cantera y de altavoz para la banda, extendiendo el terror a pie de calle. La violencia en Euskadi no sólo parte de ETA. Puede que estemos ante el comienzo del fin de la que conocemos y de aquí a un tiempo asistamos al nacimiento de otra, resentida contra la vieja. No sería la primera vez que ocurre algo así. En 1982 se disolvió la facción de ETA conocida como político-militar (los poli-milis). ETA militar, la que ha llegado hasta hoy, engrosó sus filas con poli-milis disidentes y radicalizó entonces sus acciones.
La tregua actual parece cualitativamente más madura que las anteriores. Lo realmente nuevo y esperanzador es que se declaró tras un periodo prolongado de más de 1.000 días sin atentados mortales, con una banda debilitada por la eficacia policial y judicial, con una militancia cada vez más deseosa de entrar en el juego político, y con un terrorismo yihadista en el panorama internacional.
Pero la experiencia nos obliga a ser prudentes porque ETA no ha utilizado el término de “alto el fuego definitivo”, como se exige en la hoja de ruta diseñada en la resolución aprobada en el Congreso en mayo de 2005.
En el comunicado se exige la respuesta de los estados español y francés en forma de medidas de colaboración para su causa (que en último término es la autodeterminación). ¿Se puede tragar con eso? Cualquier concesión como respuesta al cese de su violencia significará la utilidad de dicha violencia. El repetido hasta la saciedad precio político. Se pague o no, de consumarse el proceso de paz, ETA se transformará en una fuerza política que representará a un sector nada despreciable de la población de Euskadi que convive con el resto, incluidas las víctimas, y con heridas muy difíciles de cerrar. Espero que cuando lo hagan nadie venga a abrirlas en pro de recuperar la memoria histórica de los agraviados. Todo el mundo tiene una historia que recordar, le haya tocado de cerca o no, y es libre de expresarla si así lo desea.
Yo no tengo mucho que recordar -por falta de años- pero voy a echar la vista atrás unos pocos para contar como ETA entró en mi memoria. En la madrugada del uno de noviembre de 1996 la banda hizo explotar un coche-bomba en una avenida perpendicular a mi calle, debajo de la casa cuartel de mi pueblo. Ahora lo veo como un atentado más, afortunadamente sin víctimas, pero tener el terror rozando mi burbuja feliz fue un golpe. Hasta entonces yo sabía más o menos cuál era la situación pero no me afectaba. La Ribera es la zona de Navarra menos implicada política, social y culturalmente en el conflicto vasco. Esto sumado a la inconsciencia de mis trece años hacía que para mí fuese algo presente pero, al mismo tiempo, muy lejano. Recuerdo que me sentí a cien años luz de los guardias y sus familias. Mi miedo se convertía en ridículo al compararlo con el que suponía que debían sentir ellos. Con el tiempo, de la fuerte impresión del momento, quedó poco. No me había afectado tanto. Fue como una bofetada. Me despertó. Más bien despertó mi interés y mis ganas de entender algo.
Después tuve ocasión de conocer a borrokas de mi edad (a los 15 o 16). En mi entorno no había pero en verano solía estar con gente de Pamplona y más al norte. La mayoría lo eran por tendencia. Era la edad de pertenecer a algo. Reconozco que esa estética medio hippie, guarra y tan despreocupada del aspecto me encantaba y algo se me pegó una temporada. Pero recuerdo a una chica que, además de la fachada, tenía las ideas que había mamado en casa. En su familia tenían estigmatizados a los riberos por navarristas y españolistas. Me acuerdo de que después de soltar esas dos palabrejas, que oí de su boca por primera vez, hizo un paréntesis para decirme que yo le caía bien. Yo le pregunté riéndome que si me tenía que sentir afortunada. Ella se rió también. Siguió hablando bastante rato pero sólo me acuerdo de que en los libros de geografía de su ikastola Navarra y Euskadi eran una, de que sus padres eran de HB y de que su abuelo se cabreaba cuando le recordaban que su apellido, Goñi, era ribero “de pura cepa”. Lo cierto es que todo lo que decía era nuevo para mí y me parecía absurdo pero comprendía que pudiese pensar así viendo de dónde había salido. Eso no quita que me estuviese hartando. Cuando llegó a lo de su abuelo cabreado le corté para decirle que mi apellido era vasco “de pura cepa” y no me avergonzaba, que así de navarrista y españolista era y que si estaba orgullosa de él era por ser el de mi padre que, por cierto, nunca me hablaba de política-no recuerdo haber discutido sobre política con mis padres hasta hace pocos años y por iniciativa mía-. Para terminar le pregunté si alguna vez pensaba por sí misma. No me habló en el resto del viaje. Y me caía bien, de verdad.
También por ese tiempo, concretamente en diciembre del 99, yo estaba en el hospital y unos familiares vinieron a visitarme. Mi habitación era la última del pasillo y desde la cama vi que alguien se había quedado al otro lado de la puerta. Pregunté “¿quién se ha quedao fuera?” pero todos pasaron de mí y siguieron la conversación. Luego mi madre me dijo que era el escolta de uno de mis parientes. Cuando aluciné de verdad fue al enterarme de que un chico de mi pueblo, cuatro o cinco años mayor que yo, llevaba escolta. Poco después de terminar la carrera era concejal de un pueblo de la periferia de Pamplona y ya estaba amenazado. No me extrañaría que en la universidad ya lo estuviese.
No sé cómo acabará todo esto. Por encima de todo espero que no corra más sangre. Mientras unos intentamos creer que es posible otros se empeñan en que salgamos del engaño. Hace poco más de una hora el etarra Ignacio Javier Bilbao Goicoechea amenazaba al presidente de la Sección Tercera de lo Penal de la Audiencia Nacional, Alfonso Guevara, con pegarle "siete tiros" y arrancarle "la piel a tiras". Ocurría durante el juicio que se sigue contra él por un delito de amenazas terroristas contra Baltasar Garzón. Ni Txapote suelta semejantes perlas.

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