Haciendo un descanso con café y zapping en mi sesión nocturna de estudio, me he encontrado con el discurso sobre el estado de la Unión en directo. El gran jefe (jau!!) ha empezado deshaciéndose en halagos hacia una aparentemente encantada y sonriente Nancy Pelosi, presidenta demócrata de la Cámara de Representantes. La farsa se me ha revelado más real al ver a los dos estrechándose la mano en el centro de ese espacio arquitectónico heredero directo del anfiteatro, mientras el público aplaudía exaltado. Y comenzaba la representación de la gran tragedia -"tenemos que salvaguardar a América de la maldad"-. Aún no llevaba ni tres minutos de discurso y no he aguantado mucho más.
La noticia de mi siguiente café, la muerte de Ryszard Kapuscinski, ha sido la que me ha empujado a pasarme por aquí. Le han dedicado una pieza muy corta, tirando de imágenes de archivo de los Premios Príncipe de Asturias y con un escueto resumen de su vida y obras. Se ve que Kapuscinski no era un futuro muerto digno de trabajo "pre mortem" -como otros que, superados los sesenta, en cuanto pasan un mal catarro tienen preparado su necroreportaje-. Aunque eso carece de importancia.
Seré egoísta pero en lo primero que he pensado ha sido en todo lo que no ha escrito. En muchos pueblos africanos sin cultura escrita se tiene verdadera devoción por los ancianos porque son sus bibliotecas. La muerte de cada uno de ellos supone una gran pérdida cultural. De ese tipo es mi sentimiento. Historiador del siglo XX, Kapuscinski, además de ser un buen narrador, desprende honestidad en sus escritos. En ellos cuenta su experiencia directa sin pretensiones totalizadoras ni atisbo alguno de moralismo -más o menos como el gran jefe en sus discursos-.
("Mi callejón 1967" es un capítulo de "Ébano")
1 comentario:
Que sorpresa!
Finalmente volviste y tus palabras no dejan de robar mi atenciòn.
Buenas noches ;-)
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