(no ficción)
Ayer tuvimos una madrugada ajetreada. Cerca de las dos estaba yo en la cama con mi portatil cuando oí un golpe en el portal. Al golpe le siguieron los gritos desgarrados de una mujer (socorro, ayuda, cabrones...) que tuvieron que oirse en toda la calle. Mi cuarto está junto a la puerta del piso y mi reacción fue salir y gritar por el hueco de la escalera, no recuerdo qué. Supongo que la intención, no muy consciente porque estaba acojonada, era ahuyentar a los cabrones pero los gritos habían cesado. No sabía que hacer. Entré en casa llamando a mi compañera para despertarla mientras intentaba marcar en el móvil el número de la policía (se me había olvidado) y a los pocos segundos la mujer aporreaba nuestra puerta pidiéndonos a gritos que le abriésemos. No entendíamos porque no había parado en el primero y subía hasta el segundo para pedir ayuda. No lo entendíamos hasta que al abrir vimos que la pobre estaba llamando a su casa. Era nuestra amiga y compañera de piso.
Y todo por un bolso. La sorprendieron por detrás cogiéndola del cuello, uno, y tapándole la boca y los ojos, otro. Ella volvía muy cargada de las vacaciones de Semana Santa y llevaba la mochila por encima del bolso. Así que los cabrones para conseguir su preciado tesoro la zarandearon y la tiraron al suelo. Le arrancaron del tirón la mochila y se llevaron el bolso. Y a correr.
Y yo me pregunto, ¿es que acaso pensaban que iba a oponer mucha resistencia? Podían habérselo pedido antes de pegarle semejante susto. Porque ella al verse en el suelo no creyó que lo que querían era simplemente el bolso.
En fin, mi amiga tiene un ojo un poco morado y vuelve a ser una indocumentada. A esto último está bastante acostumbrada. Lo que más le fastidia es, quizás, haber perdido algunos recuerdos de su viaje. Y la moraleja: no volver de noche sola y CAMBIARSE DE BARRIO!!!!
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1 comentario:
Lo peor de un atraco no es la pérdida de algunos objetos materiales sino la pérdida de un trozo de ti que huye animado por el miedo. De pronto hay algo de tu persona que se esconde en lo más profundo de tu alma y que se tapa los ojos y tiembla detrás de las paredes de tu razón. Puedes pensar sobre lo que te ha pasado, puedes creer que no te afectó, puedes llegar a la conclusión que no fue nada grave, y tendrás razón, pero esa pequeña parte de ti seguirá escondida y con el corazón en un puño cada vez que vea una sombra demasiado cerca de sus espaldas. Es ese pequeño rincón de inconsciencia que vivía tranquilo al sentirse ajeno a cualquier giro dramático del destino el que ha desaparecido. El miedo es algo irreal, (¡eso dicen), algo creado en tu mente, pero aun así no deja de ser algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Y parece absurdo que sea yo misma la que le entregué a los “sujetos” (aunque más bien les puedo llamar hijos de su puta madre) algo que no pedían. No pedían mi miedo; no pedían mi inseguridad; no pedían mi desconfianza; no pedían que mirara mi alrededor con otros ojos a partir de ese momento; sólo pedían bienes materiales y sin embargo fui yo la que le regalé mi tranquilidad sin que ellos se enteraran. Siguierón sus pasos serenos, dejando atrás mi ser tembloroso. Sin darse cuenta que se iban cargados con un peso de mi alma, ignorantes por no conocer que ahora se convertían en unos sujetos aún más pobres. Desafortunadamente la historia se volverá a repetir, solo espero que en un futuro todas las almas atracadas, aunque ya no podamos ser las mismas, volvamos a recuperar lo robado; sólo quiero “vivir sin miedo”.
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